1.
Hoy será un día
raro. Y no es un simple presentimiento. Las cosas van a cambiar. No me apetece
nada ir a trabajar. Busco mi reloj por mi manga. Lo coloco en su sitio preciso
en mi muñeca. Lo miro. Por lo menos no llego tarde. El editor, Verdú, ha
insistido de manera casi acosadora. Saco el móvil y leo de nuevo el mensaje
que, supongo, nos mandó a todos por duplicado. Ayer por la noche, y esta
mañana. Nos conoce. Sabe que los periodistas solemos ser, además de olvidadizos,
bastante impuntuales.
"Víctor Alba quiere vernos a todos a
las once en la sala de reuniones. El estará al mando, hasta que el Consejo
decida quién sustituirá a Prieto. Quiere darnos las nuevas directrices"
Suspiro. Será
extraño no ver a Prieto en su pecera, detrás de su mesa. Pasamos buenos ratos
allí dentro. Nos reímos, y aprendí mucho. Recuerdo cómo se agobiaba cuando yo,
desde el otro lado de la mesa, hacía un mínimo intento por que fuera, siempre
me cazaba colocando a ras los bordes de sus papeles. Entonces, él levantaba su
mirada por encima de los cristales de sus gafas, clavaba sus ojos en mis manos
e, inmediatamente después en mí. No decía nada pero yo sabía que tenía que
parar de inmediato. Es uno de los pocos permisos que nunca me dio. A pesar de
haberme dado permiso para hacer cosas mucho entrometidas y peligrosas.
Me cuesta pensar
en él ahora que sé que no va a estar. Su voz aún retumba dentro de mí. Hay
frases que se me han quedado grabadas a fuego. "No tengas miedo. Esta
profesión es para valientes". "Eres inteligente, no me pidas permiso
para hacer lo que sabes que tienes que hacer" "Respira hondo. Cuenta
hasta tres. Y después piensa que el fin siempre justifica los medios".
Dios... Es imposible que Prieto esté muerto. Y yo, ni siquiera, me pude
despedir de él. Supongo que siento algo de culpabilidad por no haber acudido a
su funeral... No sé si él me habría querido allí, pero supongo que es lo que el
resto esperaba que hiciera. Que acudiese, que le apretase con fuerza la mano, y
llorase como una magdalena ante su cuerpo yacente. Pero yo nunca he ido a un funeral,
y tampoco he visto jamás a un muerto. En mi profesión... soy valiente, como él
quería que fuese, pero para todo lo demás soy una cobarde. No fui capaz de ver
a mi abuela, ni abuelo, ni a mi otra abuela... Y tampoco he sido capaz de verle
a él. Pero en esta ocasión es distinto: supongo que detrás de mi decisión está,
sobre todo, el negarme a creer que haya muerto.
- Bueno días- me
dice alguien por detrás, mientras subo las escaleras del Metro.
Giro desganada la
cabeza. Es Elisa.
- Bueno... Buenos
días por decir algo, ¿no? - le contesto tajante, para que note que esta mañana
no estoy demasiado habladora.
- Siento lo de
Prieto. Tú y él estabais muy... -hace una pausa, buscando la palabra correcta-
unidos, ¿no? - Después, su gesto cambia. En él se refleja lo que toda la
redacción piensa. Me da lo mismo, siempre me ha dado lo mismo. - ¿Quién es este
tal Víctor Alba? ¿Le conoces?
Niego con la
cabeza, agradeciendo la bofetada de frío que recibido cuando salgo a la calle.
Víctor Alba. He oído su nombre, y lo he visto en los créditos del periódico,
pero ya está. "Hasta ahora, era el subdirector", le habría dicho a
Elisa de no ser porque, supongo, esa información ella también la tendría. Y,
por supuesto, tampoco le confesé que ayer hice una búsqueda exhaustiva en
Internet sobre él y no encontré nada. Bueno, mejor dicho, nada relevante. Por
lo visto, tiene una gran agencia de comunicación. Alba & Panella, se llama.
Se encargan de la comunicación de varias firmas de ropa y objetos de lujo en
general, y han organizado algún que otro evento. Pero poco más. Ni tan siquiera
he encontrado una foto suya en el buscador de Imágenes y, por supuesto, ningún
artículo o texto firmado por él que pueda hacerle merecedor de mi respeto en su
nuevo cargo. Tampoco ha ejercido nunca de subdirector. Recuerdo que Prieto,
alguna vez, mencionó a un tal Víctor, pero si lo he pasado por alto es porque
no lo hizo en un contexto importante. Para Víctor Alba también debió de ser
difícil ocupar un puesto como tal, ya que a Prieto las decisiones le gustaba
tomarlas solo.
A pesar de haber
hecho el trayecto juntas, Elisa no ha vuelto a dirigirme la palabra. Cuando
llegamos, estoy por agradecérselo… pero vuelvo a contenerme. Bastante mala fama
tengo ya, como para seguir echando tierra sobre mi propio tejado. En el
ascensor nos encontramos con Verdú. El viene de un piso más abajo, del
aparcamiento. Levanta los ojos a modo de buenos días y, después, mira su reloj.
- Al contrario
de lo que esperabas... Aquí estoy, y llego puntual.
- Susi... hoy no
me des problemas, por favor. Hoy no.
- Pues no me
llames Susi.
Elisa carraspea.
Le lanzo una mirada asesina. ¿De repente le duele la garganta? Me pone nerviosa
esta tía. Nunca la he soportado. Ni tampoco soporto a Verdú. Puto chupaculos...
No sé cómo Prieto podría tener confianza plena en él. De repente, siento que me
ahogo en ese ascensor. Necesito salir. Falta una planta. Cuento hasta cinco...
Y las puertas se abren. ¡Bien!
La sala de
reuniones ya está abarrotada. Dios, había perdido la conciencia de que fuésemos
tantos... Supongo que el día a día ha conseguido que haya mermado ese lugar.
Incluso la empresa. Elisa y Verdú son los últimos en unirse al grupo. Ella se
queda detrás, mientras Verdú se hace hueco para colocarse en el centro. Le
gusta presumir de cargo, y no va a dejar pasar esa ocasión de no pasar
desapercibido. Contemplo todo desde mi mesa. No pienso darme prisa. Me quitaré
tranquilamente la chaqueta y encenderé el ordenador. No me puedo creer que
Prieto esté muerto.
Arrastro los
pies por la moqueta. No me queda más remedio que acercarme aunque me quedo un
poco apartada, a pesar de poder escuchar perfectamente. Su discurso ya ha
empezado...
-… el esfuerzo
tiene que ser de todos. El Consejo se reunirá en los próximos días, y decidirá
quién es el nuevo director. Mientras tanto yo me haré cargo de esas funciones.
Estoy seguro que comprenderéis lo extraordinarias que son estas circunstancias.
Y sólo deciros que la puerta de mi despacho estará abierta para lo que
necesitéis.
Según iba hablando,
yo me iba acercando. Pero mi metro sesenta y cuatro y la expectación de mis
compañeros me impide ver demasiado el aspecto que tiene Víctor Alba. Soy alcanzo
para verle de lejos. No aparenta tener mucho más de cuarenta. Lleva un traje
gris y una camisa negra. Sus ojos son verdes y su rostro, al menos a esta
distancia, parece bastante sereno. Es atractivo… y parece que no soy la única
que lo pienso. A mi lado, dos chicas de Cultura de las que yo no recuerdo el
nombre cuchichean sobre lo mismo.
-¡Está
buenísimo! ¿Te has fijado en cómo el sienta el traje? ¡Yo se lo arrancaría con
los dientes!
- Parece mentira
que pueda ser hijo de Prieto… Cuando me enteré en el entierro me quedé
alucinada…
¿Cómo que hijo
de Prieto? ¡Prieto jamás me dijo que tuviese un hijo! Y Prieto me lo contaba
todo, o eso creía yo… Mi cerebro funciona a cien por hora, intentando buscar en
mi memoria algún momento en que Prieto me hablase de él. Conozco a Julia, a su
encantadora hija Julia. Tiene prácticamente mi edad y hasta este momento
pensaba que era hija única. No sé por qué Prieto no contó que tenía otro
hijo y que, además, era el subdirector
del periódico. Me siento traicionada. Como si una nube se hubiese plantado, de
repente, encima de la relación que yo tenía con Prieto. Y estoy furiosa pero,
más que por la omisión, porque ahora no puedo preguntarle por qué jamás
mencionó que tenía un hijo.
Intento hacerme
hueco entre mis compañeros. Ahora que sé que es su hijo, tengo más curiosidad
por verle. Me gusta su voz, pero soy incapaz de descifrar lo que está diciendo.
Prieto también tenía los ojos verdes, pero era más bajo y no tenía el pelo tan
oscuro. Pero se parecen un poco… Al menos, una vez que se sabe que son padre e
hijo.
- No sé si
tenéis alguna pregunta... O preferís poneros a trabajar ya... -continúa.
- Sí, yo tengo
una pregunta -dice una voz que no consigo identificar. Al fin y al cabo, somos
demasiados trabajando en el periódico- Dice que va a ocupar el puesto de Prieto
hasta que encuentren alguien que le sustituya... ¿Usted va a realizar todas las
funciones que él realizaba? Porque todos sabemos que Prieto hacía las veces de
editor...
En ese momento
se alza un sonoro cuchicheo. Yo permanezco en silencio, buscando con los ojos a
Verdú, a quién no ha debido de sentarle nada bien esa pregunta. Prieto siempre
sobrepaso los límites, tanto en su cargo como en la profesión. Él quería tener
controlado absolutamente todo lo que pasaba dentro del periódico. Prácticamente
cada palabra que escribíamos, cada llamada que realizábamos... Estaba enamorado
de su profesión, aunque muchas veces ese amor se convertía en obsesión y esa
obsesión le convertía, también, en un ogro insoportable.
- He dicho que
asumiré el cargo de Prieto. Si eso implica labores de edición, las realizaré-
contesta Alba tajante. - ¿Alguna pregunta más?
- Hay rumores de
que Prieto podría... -la voz de Gustavo Gómez, de Sucesos, se impone entre la
multitud. Todos le miramos.
- Prieto murió
de un paro cardiaco -interrumpe tajantemente.- Poneros a trabajar. Tenemos que
hacer un periódico.
Después saca su
teléfono móvil del bolsillo. Lo mira durante un segundo durante todos los
miramos. Al final, pulsa un botón y se lo lleva a la oreja. Es ahí cuando mis compañeros empiezan a
entender sus palabras: la reunión ha terminado, ahora quiere que nos vayamos.
Yo, sin embargo, no me muevo. Sigo sentada en la mesa, con mis piernas
colgando. Le miro... Es atractivo, tengo que reconocerlo. Aunque tras sus
aparentes modales, intuyo que se esconde un tremendo hijo de puta inepto. Me
divertiré mucho viéndole como agoniza intentando llevar a cabo las funciones
que realizaba Prieto...
Cuando la sala
se ha despejado, me doy cuenta de que yo también tengo que ponerme a trabajar.
Me levanto y mientras me dirijo a mi mesa pienso en lo que ha pretendido
insinuar Gustavo. "Hay rumores de que Prieto podría..." ¿Podría qué?
¿Qué sabe él que yo no sepa? ¿O es simple deformación profesional? Cuando le
pille desprevenido le preguntaré. La verdad es que a mí también me dejó helada
la muerte de Prieto. Él nunca había tenido problemas de corazón... Aunque, al
fin y al cabo, Prieto tenía ya casi setenta años. Supongo que estas cosas
pueden pasar. De repente, sin avisar. Además, Alba ha sido tajante:
"Prieto murió de un paro cardíaco ... Las mismas palabras que empleó
Dori, la mujer de Prieto, cuando le llamé para decirle que lo sentía mucho, que
yo también le echaría de menos... "Prieto murió de un paro cardíaco".
Y basta.
Me siento en mi
mesa. El ordenador me pide mi contraseña. Miro a mi alrededor y veo que nadie
me está prestando atención, así que tecleo apresurada. Sí: soy una paranoica,
pero es una manía que tengo y de la que no consigo desprenderme. Abro mi correo
electrónico. Una ventana me dice que tengo sesenta y tres mensajes que leer...
¡Qué pereza! Veinte convocatorias de prensa, algún lector herido, mis amigas...
¡y a saber! Hasta hace dos días, siempre, tenía un email de Prieto. Casi
siempre era un mensaje escueto, en tono burlón y que conseguía hacerme sonreír.
Solía decirme que mi boca tenía un problema con la sonrisa por la mañana, y que
sus tonterías matutinas eran el único tratamiento.
Sé que hoy no va
a haber email de Prieto. Las cosas ahora son distintas. No solo en aquel periódico. También en mi vida.
- Tú eres Susana
–pronuncian desde atrás, inquisitivamente.
Me giro
inmediatamente al sentir la voz y el contacto de una mano sobre mi hombro. Es
Víctor Alba, que me mira fijamente.
- Sí.
- ¿Puedes venir
conmigo al despacho, por favor?
Dudo. Quiero
negarme. No sé qué quiere pero no me apetece nada que lo que quiera... lo
quiera en el despacho de Prieto. Porque supongo que ese será ahora su despacho,
y me va a costar mucho estar ahí dentro sin que Prieto esté. Pero, al fin y al
cabo es mi jefe, y veo que todos mis compañeros cercanos, sobre todo las
mujeres, están empezando a cuchichear. Le miran y luego se dicen cosas al oído.
Supongo que sus comentarios se dividen entre el físico de Alba... y mi supuesta
relación con Prieto.
- Sí -digo por
fin.
- Bien.
Cuando me
levanto, Víctor Alba ya ha empezado a andar rumbo, efectivamente, al despacho
de Prieto. Intento mantener una distancia considerable. Lo hago con la
intención de pasar desapercibida aunque, a esas alturas, me resulta imposible. Supongo que, de alguna manera,
Prieto y yo nos ganamos a pulso los cuchicheos. Jamás aclaramos a nadie cuál
era nuestra relación y supongo que eso les hizo a hablar más. Aunque,
sinceramente, creo que tampoco nuestra relación necesitaba de explicación.
Le planto los
ojos en la nuca mientras camino tras él. Su mirada va plantándose por cada uno
de los empleados que encuentra a su paso. Parece un tipo tranquilo aunque a lo
mejor es sólo una pose. Supongo que a él la situación ha tenido que
desbordarle: su padre ha muerto de manera repentina y él tiene que ejercer
ahora un puesto que, dudo mucho, haya ejercido alguna vez.
Cuando llegamos
a la puerta del despacho, se detiene en seco para cederme el paso. Entro inmediatamente pero en
ese segundo que tardo tengo me da tiempo a alzar la vista y mirarle. Sus ojos
resultan impactantes. Mucho más verdes de lo que me parecieron antes cuando los
vi de lejos. Y su piel es… No sé. Es de esas pieles que dan ganas de
tocar. ¿Cuántos años puede tener?
¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta? ¿Más? Tenga los que tenga es de esos tipos a los
que les sientan bien los años… “Un papá interesante”, como diría mi amiga
Sofía. Recordar sus palabras me hace sonreír por primera vez en todo el día…
Me resulta muy
raro estar allí dentro, a pesar de las miles y miles de veces que habré estado.
Los escasos diez metros cuadrados de la pecera me ahogan debajo de mi jersey.
Los recuerdos me están aprisionando el cuello, y siento que si cerrase muy
fuerte los ojos y volviese a abrirlos Prieto aparecerá sentado, de nuevo, al
otro lado de la mesa. Su mesa… sigue tal y como él la dejó. Con papeles y
periódicos por todas partes, y con la foto de su mujer escondida detrás de una
montaña de libros que ni tan siquiera se molestó en desembalar. Es la primera
vez que me detengo a contemplar, realmente, cómo es ese despacho. Las
estanterías, repletas de objetos típicos de todo el mundo y de fotografías de
Prieto cazando, pescando e, incluso, sonriendo. Era difícil hacerle sonreír de
verdad aunque, cuando se conseguía, Prieto no defraudaba: su sonrisa era grande
y sincera, contagiosa.
-
Te veo un poco aturdida –dice Víctor mientras se
acomoda en la silla de Prieto-, ¿te apetece sentarte? –indica señalándome la
silla que tengo a mi lado.
Sin mirarle lo
hago. No sé de qué va todo esto, pero no me gusta. Aunque, como hijo de Prieto,
supongo que él querrá que le aclare qué tenía yo con su padre. Me agarro las
manos sobre las piernas, y me quedo mirando a mis dedos fijamente. Tengo
veintisiete años, en algún momento de mi vida debo hacerme por primera vez la
manicura… Dios, no sé cómo puedo estar pensando en mis uñas en una situación
así. Carraspeo sutilmente y alzo la vista. Me mira fijamente. No sé si
desafiante, enigmático o puramente divertido porque sabe perfectamente que es
él quién tiene las riendas de la conversación que está a punto de comenzar. Y
yo, aunque no deba, me siento como el ratón a quién está punto de atrapar el
maldito gato.
-
¿…Y bien? –pronuncio, armándome de valor. - ¿Qué
quieres?
-
Mi padre… Prieto –corrige inmediatamente-murió
por intoxicación. Eres la última persona a la que llamó. Quiero saber de qué
hablasteis, qué te dijo, si sabes dónde y con quién estaba…
Estas últimas
palabras ya, prácticamente, no las escucho. ¿Cómo que Prieto murió por
intoxicación? Si murió por intoxicación… alguien tuvo que envenenarle. Ahora
entiendo a qué venía la pregunta de Gustavo Gómez.
-
Veo que te has quedado muda –dice esbozando una
pequeña sonrisa. –Necesito que me digas de qué hablasteis.
Sigo sin poder
pronunciar palabra. Si ya es difícil asimilar que Prieto esté muerto, más aún
es asimilar que alguien le haya matado. ¿Quién? Y, sobre todo, ¿por qué?
-
Hablamos… hablamos… Es difícil. Y no sé hasta
qué punto debo contártelo…
-
Ya. Supongo que no confías en mí.
-
No. No te conozco de nada, lo siento.
No sé qué tipo
de reacción esperaba pero estoy totalmente aturdida. Necesito salir, siento que
me falta el aire y no soporto más sus ojos clavándose en mí, como si intentase
encontrar en mí todas las respuestas que se hace respecto a la muerte de su
padre.
-
Prieto iba a comer con alguien. Nunca me dijo el
nombre, pero era un tío que desde hacía cosa de un mes le estaba pasando
información sobre un asunto –pronuncio sincera.
-
¿Qué asunto?
Me encojo de
hombros. Creo que a Prieto no le habría gustado que contase nada. Tampoco le
gustó que me enterase yo, aunque no fue a través de él. Cuando Prieto empezó a
recibir llamadas de ese hombre, yo empecé a recibir también correos
electrónicos. Supongo que ese tipo sabía perfectamente la relación que
teníamos, y que ya habíamos trabajado en equipo. Sin embargo, a diferencia de
Prieto, él nunca pidió que nos viésemos. ¿Ha sido ese tío quién le ha
envenenado? ¿Por qué? No tiene mucho sentido teniendo en cuenta que hasta hace
dos días le estaba pasando información sobre unos negocios turbios de un
ministro. Eso es lo que estaba investigando Prieto. Eso es lo que estábamos
investigando justo antes de que muriera. E iba a obtener más datos en esa cita.
Me pongo de pie.
No estoy en condiciones de trabajar. Quiero salir a la calle, coger aire
limpio, y meterme en la cama durante una semana. Yo también necesito asimilar
la muerte de Prieto. Estar de luto. Al fin y al cabo, yo le quería.
-
¿A dónde vas? –pregunta Víctor poniéndose de pie
al ver que me voy.
-
A la calle. No tengo por qué decirte nada más.
No te conozco de nada, y no sé qué pretendes. Si tan importante es que yo fuese
la última persona a la que llamó Prieto, la policía me habría llamado.
-
Te llamará. Es un trago bastante jodido.
Pretendía prevenirte y hacértelo menos amargo pero veo que, como suponía, eres
una persona difícil de llevar…
-
¿Perdona? ¿A qué te refieres con que soy una
persona “difícil de llevar”?
-
Tú y mi padre –pronuncia con firmeza, como si ya
no le diese vergüenza reconocer la relación que el unía con Prieto y, por
consiguiente, con el puesto- os llevabais bien, ¿no? Supongo que en algo
teníais que pareceros, y mi padre precisamente no era la mejor persona del
mundo.
-
Él nunca me habló de ti –añado con la intención
de ofenderle. ¿Pero quién se cree que es?
-
Mi padre siempre pasó por alto las cosas importantes
de su vida. Por eso llevábamos años sin hablarnos. Pero supongo que esto
tampoco es asunto tuyo…
Muy despacio,
como si yo fuese un animal al que está a punto de espantar, camina hacia mí
rodeando la mesa. Es tremendamente atractivo. Quizá, el hombre más atractivo
que yo haya visto jamás. Su traje cae por su cuerpo de una manera perfecta, en
perfecto equilibrio con la proporción de sus hombros, de su cintura, y de sus
caderas. Sus labios son perfectos y la profundidad de sus ojos interminable. Me
pone nerviosa. Me intriga. Y ahora que le tengo cerca me siento anestesiada,
desbordada por la información recibida en los últimos y días y también,
inexplicablemente, por su presencia.
-
¿Qué tenías con mi padre? –pregunta.
-
Eso a ti no te importa.
Mi respuesta ha
sido impetuosa. Tanto como mí huida de aquella pecera que ya me estaba dejando
la marca de la asfixia. Me dirijo hasta mi mesa. Apagó el ordenador, me pongo
la chaqueta, cojo el bolso y me voy. Instintivamente me miro los pies: llevo
zapatillas. Estoy preparada para echar a correr. Me encantaría irme lejos, a un
sitio en el que nada haya sucedido.